lunes, 26 de mayo de 2014

Mutilación Genital Femenina: Extirpar el deseo

Es un método que usan algunas etnias para controlar la sexualidad de sus mujeres. Cada año, dos millones de jovencitas son amputadas: les extirpan el clítoris. En tiempos de reivindicación de los pueblos originarios, ¿cuáles son los límites de la cultura? Nos responde Efua Dorkenoo, la médica que lucha cada día para erradicar esta aberración.

“Tenía siete años cuando fui mutilada. Aquello fue una fiesta, durante un mes me hicieron sentir como una princesa: todo el mundo me regalaba bombones, flores, juguetes. No te lo podrías imaginar... Luego, vino la pesadilla” (Najma Ahmed Abdi, Somalia).

Najma es una de las 130 millones de mujeres en el mundo que hoy podrían contar el mismo horror. Ciento treinta millones de mujeres amputadas: les sacaron el clítoris a modo de “bienvenida” al universo femenino. Aunque parezca mentira, esta práctica tan ancestral como ultramachista sigue vigente en, al menos, 28 países del planeta. Principalmente, en África.

Acaso estemos ante el mayor fracaso del feminismo en su siglo de lucha por la igualdad. Si el clítoris supone el símbolo más contundente de la liberación de la mujer, quien ha logrado apropiarse de su cuerpo, ejercer su sexualidad y buscar el placer sin culpas, la mutilación genital femenina (MGF) es la demostración más brutal de que el patriarcado sigue en las trincheras. ¿O tendremos que hablar directamente de fracaso de la civilización?

Efua Dorkenoo no cree que sea tan así. “Es un mecanismo complejo para controlar la sexualidad femenina en algunas sociedades, lo que refleja sí una desigualdad profunda entre los sexos y constituye una forma extrema de discriminación contra la mujer. En mi experiencia, los extranjeros encuentran esta complejidad difícil de entender, pero no es más que un reflejo de la falta de poder de las mujeres en esas comunidades donde la supervivencia depende de estar casadas y, a su vez, la mutilación está vinculada al casamiento. Incluso las propias víctimas llegan a convertirse en defensoras de la práctica. La mayoría de las madres piensa que están haciendo lo mejor por sus hijas, y que de esa manera evitarán que las niñas sufran más adelante el rechazo social.”

Esta ghanesa oriunda de Cape Coast, de 63 años, es una referente mundial en el tema. Se formó como médica, se especializó en salud pública y desde hace treinta años lucha para erradicar la ablación, hoy, como directora de un programa especial contra MGF desde la organización Equality Now, con sede en Londres. Entrevistarla es meterse en un pasadizo que te lleva a una edad de piedra en pleno siglo XXI, con un registro completamente distinto de lo que entendemos por cultura. El recorrido abarca mucho más que un puñado de pueblitos perdidos en el África profunda, Asia y Oriente Medio. Aunque resulte inverosímil, también en Europa y Estados Unidos se practica la mutilación como ritual de iniciación.

“En la década de 1970 yo estaba haciendo un curso de obstetricia como parte del entrenamiento para ser enfermera, en una maternidad de Sheffield, Inglaterra, cuando una mujer somalí llegó para parir. Había sido sometida a la forma más radical de esta práctica, la infibulación, que es la escisión total de los genitales externos y la sutura de la abertura vaginal. No había espacio suficiente para el parto por vía vaginal. En aquel momento, los médicos británicos no tenían conocimiento de la mutilación femenina. No había protocolos clínicos y no estábamos preparados para un parto así. Al ser la única persona negra en la sala de partos en ese momento, mis colegas me miraron como pidiéndome explicaciones de qué era eso. Algunos pensaron que la mujer había tenido un accidente que le había causado esas cicatrices. Yo sabía que la clitoridectomía era practicada por algunos grupos étnicos de Ghana, pero no tenía ni idea de que existían formas tan radicales de la ablación genital. El dolor innecesario que atravesó esa mujer y la indignidad a la que fue sometida, rodeada de profesionales blancos, que la revisaban de manera insensible, la indagaban y traían equipos de estudiantes de medicina para mirar su vulva mutilada... Todo eso tuvo gran impacto en mí como africana y como mujer. Decidí aprender más sobre el tema y finalmente he dedicado mi vida a esto.”

¿Cómo explica esta práctica? ¿Es por razones culturales, religiosas?
Al igual que otros comportamientos sociales, esto tiene que ver con un sistema de creencias muy variado y complejo. Por un lado está la expectativa de que los hombres se casan sólo con mujeres que han sido sometidas a la ablación; el deseo de un matrimonio, esencial para la seguridad económica y social de esas mujeres, así como para el cumplimiento de los ideales de feminidad, da cuenta de por qué persiste esta costumbre. Muchos la consideran una “buena tradición”, un requisito religioso o un rito necesario de pasaje a la adultez. Otros creen que garantiza la fidelidad de las mujeres, que aumenta el placer sexual masculino o suponen que evita la promiscuidad. También existe el mito de que si no se corta, el clítoris crecerá en forma excesiva. En cuanto a las religiones, se puede encontrar entre cristianos, judíos, musulmanes y también entre seguidores de las creencias indígenas.

En una época en la que se reivindica a los pueblos originarios en el mundo entero y a sus culturas, ¿cómo se hace para tolerar semejante aberración?
Depende de a quién se le esté hablando; en mi experiencia, la gente se pone a la defensiva si siente que la están atacando. Por lo tanto, se requiere un enfoque estratégico y un acercamiento basado en el respeto para hacer frente al problema. Yo empecé en esta lucha en los años 80; en aquellos días el tema era muy controvertido. Quienes suscribían a estas prácticas sostenían que se trataba de un derecho cultural. Y cualquier debate sobre la cuestión era recibido como imperialismo cultural o racismo. Mi primera tarea fue la de establecer vínculos con los indígenas defensores de los derechos humanos en los países que la practicaban, para dar voz a esa lucha a nivel internacional.

¿Y qué pasó desde entonces? ¿Alguna comunidad puso fin a la MGF?
Hubo un cambio radical en la política sobre la mutilación genital desde la década del 80 hasta hoy. Muchos gobiernos han pasado de una posición de negación y política cero sobre el tema, a por lo menos aceptar que se trata de una cuestión de derechos humanos. En 1997, veintidós países africanos se unieron a la Organización Mundial de la Salud para poner en marcha un plan regional de acción para erradicar esta práctica. Y de ellos, actualmente diecisiete ya tienen leyes contra la ablación. Pero una cosa es que se prohíba y otra muy distinta es lograr que se termine definitivamente. Si bien las leyes son importantes, por lo general, no alcanzan para lograr un cambio real en los comportamientos. Hacen falta cambios estructurales y educativos. De acuerdo a las últimas estadísticas sobre MGF, la práctica está disminuyendo en África, pero muy lentamente. Todavía hay grupos étnicos con altísima prevalencia (en países como Sudan, Somalia, Sierra Leona, Guinea o Egipto llega al 90%).

¿La mutilación genital es una forma de esclavitud?
Es importante tener en cuenta que la sexualidad femenina ha sido reprimida de formas variadas, en todas partes del mundo a lo largo de la historia y esto sigue aún hoy. Las esclavas en la antigua Roma tenían uno o más anillos puestos en los labios mayores de la vagina para evitar que quedaran embarazadas. Cinturones de castidad fueron traídos a Europa por los cruzados en el siglo XII. Hasta hace muy poco, la clitoridectomía se realizó como un remedio quirúrgico contra la masturbación en Europa y Estados Unidos y la cirugía genital innecesaria continúa hasta el día de hoy.

¿No cree que las religiones son cómplices silenciosas?


Es una cuestión cultural más que religiosa. La ablación no está mencionada en el Corán y tampoco en la Biblia. Yo diría que tiene más que ver con la forma en que los textos religiosos han sido interpretados por líderes religiosos varones y socialmente conservadores. Además, creo que la práctica prospera en áreas donde las enseñanzas religiosas buscan subrayar el control de la sexualidad de las mujeres.

Valeria Sampedro.

viernes, 23 de mayo de 2014

Aborto: cuando la decisión está tomada

Cada año, medio millón de mujeres aborta en la Argentina. La cuarta parte son menores de edad. En esa franja vulnerable trabaja Sandra Vázquez, médica de la primera consejería creada para dar respuesta a adolescentes con embarazos  no deseados. Cómo es ejercer justo en el límite entre la desesperación y la ilegalidad.


-Si esto es una consejería, ¿podríamos decir que sos una especie de consejera del aborto?
-Ni se te ocurra, hasta la palabra consejería preferimos evitar. Mejor hablar de asesoramiento del antes y el después. A algunos les cuesta entender, pero se trata simplemente de brindar información sobre lo que implica interrumpir un embarazo para que, si ya tomaron la decisión, no corran riesgos con la metodología que vayan a utilizar.
Sandra Vázquez es ginecóloga, tiene 51 años y desde hace 23 trabaja en el Servicio de Adolescencia del Hospital Argerich, el primero que implementó, en 2004, una oficina de atención especial para chicas en situación de aborto. Cada semana llegan hasta ahí de tres a cuatro chicas, que oscilan entre los 10 y los 21 años, quedaron embarazadas y necesitan ayuda.
“Lo que sabemos es que la mujer que está decidida a interrumpir el embarazo, lo va a hacer tenga o no la ley a favor. Nosotros tratamos de respetar la decisión autónoma de la paciente, sea cual fuere, sin juzgarla. Por ejemplo, si viene una adolescente embarazada de 15 semanas, le explicamos que cualquier cosa que haga va a implicar un riesgo para ella, y le hablamos de otras opciones, como puede ser dar en adopción al bebé. Si nos dicen que se van a poner una sonda, les advertimos el peligro que ese método implica. Y cuando llegan con el dato de ‘la medicación’, lo que hacemos es orientarlas para que utilicen la dosis adecuada, y no hagan disparates”.
La ‘medicación’ de la que habla la doctora Vázquez es el misoprostol, una droga indicada para el tratamiento de las úlceras gástricas que sirve también para inducir contracciones uterinas. El uso de esta pastilla como método abortivo se convirtió en una tendencia en los últimos años, sobre todo entre las adolescentes. Tanto, que cambió la incidencia de atención en los hospitales públicos: disminuyeron las infecciones y hemorragias graves por abortos provocados y aumentaron los casos de mujeres que van al hospital para que les completen el proceso iniciado con ese remedio.
“Las redes sociales y el boca a boca difundieron masivamente las propiedades del misoprostol. Es un medicamento que no esta autorizado para uso obstétrico y que nosotros no indicamos, ni tampoco recetamos, pero la realidad es que las mujeres lo consiguen y lo compran. Ante eso, lo que hacemos es brindar información cuando una paciente dice que lo va a utilizar; información científica que figura en las guías de la Organización Mundial de la Salud y la Federación Latinoamericana de Obstetricia.”
No es una muletilla. Sandra Vázquez repite la palabra “información” como un mantra. Insiste, machaca. Para ella hablar es la clave y la información -nunca más valiosa esta redundancia- es el ejercicio necesario para desarticular los tabúes. Hija de padre ginecólogo y madre partera, en su casa nunca el sexo ni el embarazo ni los anticonceptivos ni el aborto fueron malas palabras. “En mi familia se habló siempre abiertamente; hubo muchos abortos y mucha ayuda a mujeres que estaban en situaciones complicadas. Incluso tuve casos muy cercanos, de familiares directos”.
Fue ella, después de investigar la proliferación y el mal uso que se le daba al misoprostol, quien le propuso a las autoridades del Argerich habilitar un servicio para asesorar a adolescentes embarazadas y dispuestas a abortar.

-¿Cómo es trabajar en esa línea tan delgada entre la desesperación y la ilegalidad?
-Uno no puede cerrarle la puerta a una mujer que viene a pedir ayuda. Si lo que ella va a hacer es ilegal, hablar de eso no está fuera de la ley. Nosotros estaríamos haciendo algo ilegal si interviniésemos en el momento de la interrupción del embarazo. Pero toda contención anterior, y todo el tiempo posterior, de controles y de ofrecer alternativas de métodos anticonceptivos para el futuro, no. Este modelo lo copiamos de Uruguay; ellos ofrecen el servicio de asesoramiento a mujeres de cualquier edad, y así lograron bajar la mortalidad a cero.
Ella fue el resquicio. Mientras el debate de fondo se posterga, mientras se preparan protocolos de atención para casos no punibles, mientras el colectivo feminista marcha para que se respete la decisión sobre el propio cuerpo y la Iglesia pone el grito en el cielo, el sistema público de salud encontró la manera de que las mujeres no queden desprotegidas.
“Hay que sensibilizar a los profesionales; de hecho los ginecólogos son los más duros, aunque parezca mentira. En general son ellos los que ponen la barrera cuando una mujer se acerca a pedir ayuda. Nosotros, como médicos, tenemos la obligación de que esa mujer no se muera, no se inyecte, no termine perforada y de que si el día de mañana quiere tener un hijo, esté en condiciones de hacerlo”.
A partir del proyecto del Argerich, otros hospitales de distintas provincias replicaron la idea e implementaron sus propias consejerías. En la misma línea, el Ministerio de Salud de la Nación, a través del 0800 de salud reproductiva, brinda un listado de servicios ‘amigables’; es decir, lugares de atención segura donde poder consultar sin correr el riesgo de ser denunciada.
“Mueren cerca de cien mujeres por año como consecuencia de complicaciones por abortos mal hechos. Acá no pasa por lo que uno piensa en lo personal, sino por una obligación de dar respuesta a nuestros pacientes. Mi función dentro del sistema es intentar reducir la mortalidad materna”.
-Pero vos tendrás tu posición tomada sobre la despenalización…

Yo creo que es un tema que hay que enfrentar y discutir. Si no, es como meter la cabeza debajo de la baldosa. La realidad es que las mujeres abortan. Y que hay que trabajar en una serie de acciones paralelas para disminuir los embarazos no deseados, pero también debemos evitar que corran riesgos aquellas que decidan interrumpirlos. Yo podré estar a favor de la despenalización, y de hecho lo estoy. Eso sí, necesitamos que si se logran las leyes, se cumplan. La educación sexual es ley desde hace seis años y no se está cumpliendo adecuadamente. Hay provincias enteras donde los DIU no se colocan y los anticonceptivos no se entregan si el adolescente no va acompañado de un adulto. Entonces me parece que el cambio que se necesita es más profundo. Despenalizar el aborto no va a cambiar nada si todavía hay médicos que creen que hablar del tema está prohibido.
Valeria Sampedro.


(comparto el trabajo que hicimos para Telenoche sobre el modelo de Consejería que implementó Uruguay antes de la legalización del aborto)

http://www.eltrecetv.com.ar/telenoche/un-plan-para-luchar-contra-la-mortalidad-materna_057715

jueves, 22 de mayo de 2014

Ataque de clítoris: Humor feminista

Referente del humor gráfico y de género, Diana Raznovich aborda sin disimulos temáticas como el aborto, la trata y la violencia doméstica. Dice que la historieta argentina es machista, pero rescata a Quino. ¿Es la que se parece a Maitena? ¡Ni se te ocurra porque se deprime!

¿Más machista que la UOCRA? “Si, el gremio de los humoristas gráficos es muuuuy machista, creeme. Agarrá los diarios y fijate en las contratapas: ¡todos tipos! El tema del maltrato, por ejemplo, ni se toca. Lo tengo muy estudiado, los varones humoristas de eso no hablan! Porque hay un pacto de silencio, de caballeros; como si la violencia de género no existiera”. 
Diana, y sus tacones de punta. “Clemente, por citar uno, es el clásico porteño con dos minas, futbolero, bien arquetípico... Creo que Quino en ese sentido fue el más feminista de todos, porque Mafalda opina, cuestiona, mira con preocupación el mundo. Quino tuvo la valentía de decir: las mujeres piensan. Y fue un éxito, ¿no? O sea que mercado hay. A mí me encantaría hacer una tira diaria a la par de mis colegas hombres porque estoy en condiciones tanto artísticas como ideológicas para estar, pero...”
La escuchas y te dan ganas de ponerte firme, mano al pecho y entonar el himno feminista. Estamos delante de Diana Raznovich, una de las poquísimas historietistas que hoy publica “chistes de género” en nuestro país. Porteña, clase 45, rubia, ojos claros, dientes separados, seria como todo capocómico, trajecito sastre. Si no la tienen es porque tuvo que exiliarse a mediados de los setenta. Se fue a España, dejó atrás una prolífica carrera como autora teatral, y se inventó una vida nueva, allá lejos, sola y triste. Pero dicen que al mal tiempo buena cara. Así fue que apareció su lado más cáustico y empezó tomar forma de viñetas.
“Desde muy chiquita yo tuve esa mirada... Cuando tenía siete años esperaba todos los martes a que llegara una revista que traía mi mamá con las historietas de La Pequeña Lulú y la copiaba entera. Yo quería hacer eso… Mi horizonte siempre fue lo ridículo del mundo, lo veo muy ridículo.”
Usted qué prefiere: abuso sexual o económico?
Subvertir el orden patriarcal, desafiar el discurso sexista y empezar a reírnos a carcajadas del modelo que todavía nos reserva un lugar de minoría en los espacios de poder. Podría resultar pretencioso encarar semejante lucha a través de una tira cómica, pero Diana está convencida de que el humor puede ser el salvoconducto para hacer verdaderamente popular ese debate. “Si el alegato de la igualdad de género viniera a través de la risa podría lograr una trascendencia pública, creo que eso le daría al feminismo un vuelco importante.”

¿Y cómo se hace para hablar de femicidio, discriminación, aborto de manera burlona? “Vos decidís qué ponés. Yo apunto al maltratador, no me interesa la mina golpeada. Yo no veo la escena de violencia, lo que busco es derrumbar al tipo. Ridiculizarlo a él. Y si la mujer logra reírse, ya empieza a tenerle menos miedo”.

Con domicilio aquí y allá, durante el gobierno socialista de Zapatero, Diana trabajó para una campaña contra la explotación sexual. Cuatro millones de posavasos con sus dibujos repartidos en bares y puticlubs de toda España, y unos meses después –cuenta orgullosa- “la estadística marcaba que había bajado el consumo de trata”. Paralelamente, hacía exposiciones con la temática de maltrato y sus trabajos se publicaban en Alemania, Francia y Estados Unidos.

He luchado tanto para hacer lo que me gusta que he llegado a creer que lo que me gusta es luchar tanto
Si a esta altura se están preguntando cómo todavía no hablamos de su parecido con Maitena, acá viene esa parte. “¿Te dicen así: ‘se parece a Maitena’? ¿Es muy generalizado eso?” nos consulta, con una mueca que mezcla perplejidad y desconsuelo. ¿Acaso se está deprimiendo delante de una extraña?
“Mirá, no sé si me parezco, la verdad es que no la tengo muy... pero puede ser que coincidamos, aunque creo que ella tiene un pensamiento muy diferente al mío. Un tipo de humor distinto… Qué sé yo, creo que hay lugar para todas”. 
No es cuestión de sembrar antipatías, peeeero. Si una se pone rigurosa y analiza el discurso “globológico” de una y otra, al margen de cierto parecido en los trazos, la cuestión puede ponerse áspera. Para empezar, distanciemos el humor “femenino” del humor “feminista”. No son sinónimos.
En un rincón, “Mujeres Alteradas”; en el otro, “Mujeres Pluscuamperfectas”. Y suena la campana. Mientras las chicas Maitena debaten sobre depilación, dietas, cirugías y orgasmos –al mejor estilo Sex&The City-, las criaturitas de Raznovich arremeten cínicas y descaradas contra la más simiesca misoginia social.
En 1999, la tira de Maitena empezó a salir en la edición dominical de El País de España. ¿Y Diana? “¿Sabés las veces que intenté entrar a El País? Me decían, ‘esto no es para nosotros’, ‘es muy feminista’, ‘no tenemos un público para tu feminismo’ Eso es censura”.
Ahora llaman maltrato a una escenita de celos con un par de ostias bien dadas
¿Cuáles son las concesiones que han debido hacer aquellas que lograron sobrevivir en tierra de Patoruzú, Isidoro Cañones o las minitas Altuna?
Seguir el rastro de las mujeres en la historieta argentina remite a los años 30. Niní Marshall fue de las primeras en colarse en ese mundo pensado y hecho por y para hombres, junto a María Esther del Grosso y Sara Conti, pero bajo seudónimos!. Ya en los 50, Martha Barnes, Cecilia Palacio (hija de don Lino). Más acá, una Blanca Cotta preculinaria, cuyo modo de escapar al destino de ama de casa fue hacer una tira cómica, aunque fuera con recetas de cocina para la revista Anteojito. Hay más: Alicia Durán (caricaturista política en Radiolandia), Petisuí (secretos de mujer), Nelly Hoijman (el humor tiene cara de mujer), o la ácida Stella de Lorenzo. Hasta llegar a Patricia Breccia y con ella –incluso a pesar suyo- el inicio de la historieta feminista.
Que una mujer salga a hacer visible su burla, es muchísimo más transgresor a que lo haga un hombre, concluye Diana. “Yo creo que no se quiere legitimar la mirada de género como un discurso público. Mientras se mantenga en una minoría de académicas e intelectuales no representa ningún peligro, pero si el ama de casa o la mujer en general empieza a naturalizar eso, más de uno va a estar en problemas. Y a través del humor puede ocurrir”.
Parece estar todo dicho. Sin embargo… (unos días después)
“Me ha sorprendido lo que me dijiste de que me ven influida por Maitena, es la primera vez que me lo dicen (sí me dijeron al revés, en España, que ella se parecía a mí). Pero empecé mucho antes que ella, yo ya hacía esos dibujos a fines de los ´80, con las mismas caritas y gestos que hago ahora, aunque entonces trabajaba en blanco y negro. Así que creo que Maitena sin darse cuenta debe haberse visto influida por mí.
Siento que la gente se haya olvidado de mis 5 años en el periódico Tiempo Argentino; una página todos los jueves en el suplemento Mujer, que empecé a publicar cuando volvió la democracia. Pero son los costes de vivir afuera, el exilio. Ahora tengo la oportunidad de que me conozcan más aquí (arrancó el año pasado en la contratapa de Clarín). Mi objetivo, ahora, es la Argentina.”


Valeria Sampedro

martes, 20 de mayo de 2014

Hacerse Mujer

Mariana Casas vivió como varón casi 40 años. Fue su estrategia para escapar del destino prostibulario que todavía se le reserva a la mayoría de travestis y transexuales. Abogada de Flor de la V en la causa por el cambio de identidad, reflexiona sobre cómo ser lo que sos en un país con leyes de vanguardia y una sociedad que mira de reojo al diferente.

Señora, hágale hacer deportes! Va a ver cómo se le pasa...” La indicación del médico no logró el efecto deseado, aunque Marianita desarrolló un lomo olímpico. Por entonces, Mariana todavía no era Mariana sino un adolescente peleando por imponer su identidad. Promediaban los ’70, no había demasiado margen para la rebeldía. Así que: a entrenar. Hizo el instructorado de ski, se recibió de buzo deportivo, llegó a ser timonel de yate. Jugó al padel, al fútbol, al tenis, al rugby, al voley, se federó en hockey sobre patines Y no hubo caso.

A ver, ¿qué parte no se entendió? La historia de Mariana se remonta a cuando tenía tiernitos cuatro, cinco años y empezó a envidiarle los vestidos a su mamá. Me pasa desde que tengo memoria, dice, le sacaba la ropa a mi vieja, a mi tía, a mi abuela, y la escondía en el cuarto. Lo cuenta a sus 52, con una naturalidad ganada a fuerza de lucha, ahora que en la cartera tiene su DNI verdadero y no ese documento apócrifo que la atormentó durante más de la mitad de su vida. Cuarenta años se la pasó disfrazada de hombre. Paradojas de la transexualidad.

¿Y si nos sacamos todos la careta? Qué tal si asumimos que en el país del matrimonio igualitario, de la adopción sin fronteras sexuales y la identidad de género, Florencia de la V es la única travesti que goza de aceptación popular, mientras el resto (¡el 95%!) se ofrece por veinte pesos en las zonas rojas.

Mariana Casas es abogada y tiene el triste privilegio de ser de esas pocas que no se dedica a la prostitución. “Te voy a contar mi caso. Yo me recibí en la Facultad de Derecho, pero pareciera que mi título dijera abogada de transexuales, porque no hay nadie más que me contrate. Llevo 11 años de profesión y sólo me consultan chicas y chicos para cambio de nombre y sexo en el documento, trámite que ahora se hace por ley, una ley que yo aprobé y por la que también milité para, qué curioso, pasar a quedarme sin trabajo”.

Piedra libre al enano fascista agazapado detrás del control remoto. Al que cree cumplir su cuota parte de aceptación de la diversidad porque aprendió a querer a Flor y se emociona con las Noelias de Tinelli. Otra vez la excepción confirmando la regla, y en esa lógica, entonces, Naty Menstrual es “la” escritora, Ariana Cano “la” locutora, Micaela Bayer “la” policía trans y Mariana Casas “la” abogada -viene invicta con 26 causas ganadas, entre ellas justamente la de Flor de la V-.

Primaria en colegio de varones. Secundario en una escuela de curas. Cómo encontrar un resquicio para expresar todo lo que le ocurría a esa nena siempre en falta, que a los 12 empezó a frecuentar psiquiatras. “Hice muchos tratamientos psicológicos para normalizarme. A nadie le gusta ser distinto; tratás de no ser, intentás adaptarte. Yo me inventé un papel y lo representé como pude. Fue muy difícil, armé mi personaje respondiendo al estereotipo del varoncito. A los 14 mi papá me consiguió una chica para debutar; yo decía: ¡qué hago acá! (...) Hice todo lo posible por responder al mandato, conste que no pude”.

Pronto entendió que lo único que podía asegurarle una independencia económica sin condiciones era salir a laburar. Había que huir de esa casa donde le revisaban el placard, el esmalte de uñas estaba escondido bajo siete llaves y la madre hacía verdaderas razias para deshacerse de cualquier objeto femenino que no fuera suyo. Claro que para eso iba a tener que seguir usando unos cuantos años más el seudónimo masculino que le habían asignado al nacer. La farsa iba a garantizarle inserción social.  

Y fue cadete, motoquero, vendió fiambres, colocó burletes. Mientras, estudiaba Derecho. “Yo decidí esperar. Recién pude romper cuando tuve encaminadas ciertas cosas”. A los 23 dejó el departamento familiar de Barrio Norte y se fue a vivir sola. La liberación le trajo de regalo su primer orgasmo, y supo que estaba por el buen camino.
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Mujer se hace.
Ya lo dijo Simone de Beauvoir (y pronto se convirtió en un eslogan feminista): “No se nace mujer, una llega a serlo”. La figura de la hembra humana es un producto cultural que se ha construido socialmente. Mariana agrega: “Va mucho más allá de la cuestión física. Lo genital es una cosa, pero el género es otra. Es una construcción, son convenciones. Tenemos la convención de la ropa rosa y celeste, autitos para los varones, muñecas para las nenas. Si rompiéramos con esos estereotipos…”

Pero estamos lejos de alcanzar esa quimera, aún con la bandera de la igualdad flameando altiva, orgullosa, a menos de un mes de la promulgación de la nueva ley de identidad de género. Mientras la expectativa de vida de las personas trans siga siendo de 35 años, el dilema de nacer, ser y parecer quedará reducido a una cuestión semántica: Trans significa del otro lado; es decir, que sigue habiendo “dos” lados. Ojalá todo fuera tan simple, ¿no?.

Hoy Mariana Casas forma parte del equipo jurídico de la Federación Argentina de Lesbianas, Gays, Bisexuales y Trans (FALGBT). Trabaja en el Consejo Nacional de las Mujeres y es asesora en la Legislatura porteña. Le llevó más de cuarenta años la construcción de su modelo de mujer. “A mí no me interesa ser famosa, yo lo logré desde otro lugar. Tengo mi trabajo, tengo mi sueldo, soy una persona austera que no necesita mucho para vivir y gano lo suficiente como para estar bien. Ok, le debo mucho a una diputada que me dice ‘vos valés’. Es muy difícil que te digan vos valés cuando sos trans”.

Lo dice y hacemos un zoom a los ojos. Nada, ni una gota de humedad. Apenas una pausa y un remate perfecto: “Soy una solitaria; yo estoy feliz en mi casa, escuchando mi música con un vasito de whisky, un libro y mis seis gatos debidamente castrados, claro, como la dueña. Jé”.

Valeria Sampedro.

viernes, 16 de mayo de 2014

Rita Levi-Montalcini o la razón sobre la belleza

Había que romper a pedazos el modelo machista en un flamante siglo XX, en el que la lucha feminista era todavía una gesta y cuando aun faltaban 15 años para que la mujer tuviera en Italia derecho a votar. (Y pensar que para rechazar el mandato, a veces damos tantos rodeos. Años de terapia para entender que el secreto es aprender a decir no).  Rita Levi-Montalcini lo hizo cuando era apenas una adolescente. Papá -le dijo-, no quiero ser ni madre, ni esposa. Quiero ser científica. Don Adamo supo que no podría detenerla.

A esa chica menuda, que se sentía un patito feo, tonta y poca cosa, le sobraba carácter. Se anotó en el liceo masculino, el único que le permitía entrar después en la universidad; pero nada de vestirse como varoncito: de sombrero y guantes, se presentaba desafiante en el aula y tomaba apuntes sin prestar atención a las burlas.

De solo imaginarla, empezamos a quererla un poco. A mujeres como esta, les debemos una porción de gratitud por habernos allanado el camino. A Rita, en particular, por acallar a la sarta de misóginos que resistió su tarea como investigadora durante más de medio siglo. Cuando ni la palabra misoginia se había inventado.

Porque además de ejercer como docente, la Montalcini dio cátedra de entereza. En pleno régimen fascista, se le prohíbe por judía practicar la medicina, y ella no duda: se deshace del tocador, descuelga sin una pizca de nostalgia el póster de Humphrey Bogart y convierte su cuarto en un laboratorio clandestino. Todavía faltaban 30 años para que la historia le diera la razón.

A los 75, recibió el premio Nobel, por su descubrimiento sobre cómo crecen y se renuevan las células del sistema nervioso. Lo recuerda, mordaz, como “ese asunto que me hizo feliz, pero famosa”.

Mucho antes de que las arrugas escondieran esos enormes ojos verdes, Rita Levi-Montalcini se obsesionaba con el cerebro. La razón por sobre la belleza; la inteligencia como ejercicio. “Hay que pensar” pregonaba, sin sospechar que llegaría a ver a sus pares de género obsesionadas con inflarse el escote en nombre de la revolución femenina.

Ya lo dice su teoría: hombres y mujeres tenemos el hemisferio derecho menos desarrollado que el izquierdo y es el culpable de las grandes desdichas de la humanidad; ahí se aloja nuestra parte instintiva, la que nos hace desconfiar del diferente y nos diluye en ese colectivo informe denominado masa(s).

Lúcida como pocas, a los cien confesó que el secreto de su vitalidad era mantener la curiosidad por el mundo. No hay que vivir recordando el tiempo pasado, sino haciendo planes para el tiempo que nos quede, solía decir. Murió el 30 de diciembre de 2012, a los 103.

Valeria Sampedro.

miércoles, 14 de mayo de 2014

No somos tus putas - Arte en Acción

Un grupo multidisciplinario armó un comando anti trata. Hay artistas, docentes, abogados, psicólogos. Hacen pintadas, intervenciones callejeras y “limpian” la ciudad de todo tipo de oferta sexual. Aseguran que la prostitución nunca se elige y que es una forma de esclavitud.

No somos tus Putas. Somos tu hija, tu hermana, tu vecina y la madre que te parió.
Arte en estado de ira, un comando anti trata anda suelto y sale a la calle para intervenir la realidad. Tal vez hayan visto sus instalaciones o alguna pared pintada con su proclama. Son un puñado de artistas queriendo denunciar y combatir la esclavitud sexual. Nada menos.



Luchar contra la trata de personas haciendo “performances puede sonar banal...  

“Lo que nos interesa es decir algo de un modo diferente. Creo que el arte no tiene que pedir permiso para tocar estos temas. Y con las performances hacemos eso, entrar sin permiso, sorprender. El arte visual transmite un montón de cosas sin palabras. Es un catalizador que transforma” dirá Paula Zambelli, instigadora de este espacio que no tiene nombre y tampoco un número definido de integrantes.
“Digamos también que los artistas somos un poco esnobs” agrega Ana Devana, fotógrafa de profesión, feminista declarada desde los 14 años y parte del proyecto. “A través de las intervenciones urbanas buscamos visibilizar la violencia, no ejercerla. Tenemos en común que el tema de la trata nos sensibiliza profundamente y asumimos el compromiso de hacer algo.”
Paula: “En realidad es un espacio interdisciplinario, la verdad es que tampoco es necesario ser artista para sumarse. Cualquiera que se quiera acercar y que esté comprometido con el tema es bienvenido. No queremos cerrarnos, sino todo lo contrario.”
Es hora de usar la palabra colectivo. Este “colectivo” entonces –casi un doble camello cargado de fotógrafos, diseñadores, músicos, abogados, psicólogos y docentes-, es lo último en activismo creativo. Si las Guerrilla Girls plantaron bandera en la Nueva York de los años ’80 como una tropa de combate que defendía el lugar de la mujer en el mundo artístico, pisándole los talones aparecía Polvo de Gallina Negra, el primer grupo de arte feminista forjado en México. Mientras empezaba a gestarse en Bolivia el movimiento Mujeres Creando, un conjunto de desobedientes listas para desparramar en el espacio público su filosofía libertaria. Más acá, Las Choras del Puerto hacían un poco de ruido en su Chile natal autodefinidas como brujas, locas, histéricas, putas, amazonas, marimachas, vírgenes, guerreras, descarriadas, un insulto a la sociedad patriarcal. Y en la Argentina, el trío de chicas sujeto conocidas como Mujeres Públicas iniciaba su acción militante hace una década interviniendo la ciudad.

En el nombre del Arte.
“Vengo  de la experiencia de participar en distintos colectivos de arte y suele haber demasiados problemas de ego. Esta vez fue muy diferente, lo buscamos así. Decidimos no ponerle nombre. Ni siquiera grupo le decimos. Queremos que sea algo abierto, posmoderno, fluctuante. Que estén los que quieran estar, sin conflictos de cartel. Somos copyleft, para nosotro el artista tiene que ceder su dimensión de autoría priorizando el mensaje que queremos transmitir” manifiesta Paula, casi sin respirar ni dar respiro, en una clase de austeridad que nada mal le vendría a unos cuantos, en el ecléctico mundillo del arte.
Un poco por lo dicho y otro poco, tal vez, por intentar una militancia superadora en cuestiones de género, es que el comando anti trata incorporó un poco de fuerza bruta a sus filas. “No somos antihombres. El ultra feminismo es el problema básico, por eso decidimos romper con ese prejuicio e incluirlos. Es más, deliberadamente nos definimos como un conjunto de hombres y mujeres -en ese orden- que visibiliza la explotación sexual”.
Hace poco, salieron a limpiar la ciudad de propaganda proxeneta: fuera los carteles que ofertan burdeles y colegialas del Rubro 59. Detrás, una procesión de cuerpos encadenados caminaba en silencio por la avenida Corrientes.

La cuestión de fondo.
“Existe la trata de mujeres porque hay demanda y no alcanza con la oferta de la prostitución. Por eso la lucha debe apuntar también a cambiar una cuestión cultural, que es el consumo. Sin clientes, no hay trata” asegura Paula.
¿Ustedes qué piensan del reclamo de aquellas que se declaran prostitutas autónomas y piden que las dejen trabajar tranquilas?
-Entiendo el planteo, pero creo que la mayoría terminó en la prostitución a causa de la pobreza o de situaciones familiares complicadas, entonces no es una decisión genuina sino una forma de supervivencia. Habrá algunas que lo eligen como modo de vida, pero son contadas. Y el problema es que ese discurso termina siendo funcional al aparato de explotación sexual.
¿De qué manera?
-Es que el sistema es inteligente y se renueva, y encontró en el concepto de “trabajadora sexual” la llave para su autolegitimación. Si las mismas prostitutas sostienen que lo eligen, por qué debería verse como algo malo e ilegal… Es la forma mas perversa y efectiva de manipulación, que ellas crean que son libres.
¿Y los clientes?
-Insisto, todo pasa por la educación, y la cultura. Hay que revisar el modelo de hombre que se impone, y que sigue siendo el del macho. En ese sentido, creo que el varón también es víctima, víctima del estereotipo. De la presión que se ejerce para mantenerlo en ese rol. Pero va siendo hora de que el género masculino empiece a replantearse todo esto. Cuanto antes.
Valeria Sampedro. 

viernes, 9 de mayo de 2014

Amal Chabach, la Rampolla musulmana

Fue la primera sexóloga de Marruecos y el mundo árabe. Y sigue siendo la única. En un país que todavía considera el sexo un tema tabú, Amal Chabach suelta la lengua y habla de todo. Mujeres en pie de guerra por un orgasmo o el macho musulmán intimado a dar placer.El orgasmo como punto de partida. Repitan conmigo señores: OR-GAS-MO! y métanselo en la cabeza. Es la Prioridad Femenina Universal.
“Cada vez más mujeres vienen a consultarme para tener orgasmos” dice Amal y rompe el mito de sumisión que supone a la mujer musulmana envuelta en un velo y con la mirada apuntando al piso.

Amal, es Amal Chabach. Y allá en Marruecos, el Reino de Marruecos, ahí al norte de África, a nueve mil kilómetros de distancia; ahí donde el Islam impone sus reglas, donde se reza cinco veces al día, las señoras visten recatadas, y las jovencitas deben empuñar la bombacha como bandera para exhibir el fin de su virginidad. Ahí, decíamos, esta mujer se convirtió en el emblema de la revolución sexual.

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´Bonsoir, je suis une journaliste argentine et je voudrais contacter avec Amal Chabach´... Silencio del otro lado de la línea (¿habré pronunciado bien?). El secreto mejor guardado de Marruecos acaba de trascender las fronteras.

“Gracias por su ayuda para dar a conocer mi lucha por una mejor vida sexual en mi país, y por una conciencia superior...” Amal dice lo suyo y no podemos dejar de pensar en nuestra Rampolla. Desde esa perspectiva, Chabach vendría a ser una versión minimalista: desprovista de geles, vibradores, anillos peneanos, y todos esos etcéteras que tanto le gustan a Alessandra. “Los juguetes están prohibidos en Marruecos. Muy pocas parejas los usan, los compran en Europa; en general no son bien vistos, sobre todo por los maridos que sienten afectada su virilidad, porque entienden que la satisfacción de su mujer debe depender sólo de su erección (…) Me encantaría encontrarme con la señora Rampolla, para conocerla y aprender de su experiencia en América Latina”.

Amal tiene 44 años, es musulmana, pero se define como practicante moderada. Estudió medicina en París y un día -hace doce años-, después de hacer la práctica médica en su ciudad y comprobar que las mujeres pedían a gritos un poco de lujuria, decidió hacer la especialización en salud sexual. Desde entonces ostenta la asombrosa particularidad de ser la única sexóloga en todo el mundo árabe.

-¿Cómo reaccionó su familia cuando le contó lo que quería hacer?
Tengo la suerte de tener unos padres que siempre me animaron a hacer aquello en lo que creo. Es cierto que en 1996, cuando anuncié mi decisión de estudiar sexología, era algo impensable en nuestro país en ese momento, más teniendo en cuenta que soy una mujer. Pero, mis padres creyeron en mí, me apoyaron económica y moralmente, sobre todo al principio, cuando no me daba ni para pagar el alquiler del consultorio.

-Imagino que no debe haber sido fácil empezar a hablar de sexo en los medios de comunicación.
Cuando obtuve mi diploma, en 2000, muy pocos medios hablaban de sexualidad y yo tenía muy pocos pacientes. Después de la aparición de la famosa píldora azul, los laboratorios hicieron mucha publicidad para vender su producto. Y la gente empezó a comprender que los problemas sexuales pueden ser tratados. Al principio venían a verme sólo hombres, luego las mujeres se fueron animando también. Diría que hoy tengo 40% de mujeres, 30% de hombres y otro 30%, de parejas.


El mito del harén.
En Marruecos no hay muchos hombres que estén casados con varias mujeres, nos cuenta Amal. “La poligamia está permitida por el Islam pero tiene una condición: que el marido sea equitativo con todas sus esposas, lo que es muy difícil. Primero, porque financieramente no puede asumir dos casas; luego porque las mujeres se niegan a la poligamia, y además ellos tienen miedo del castigo divino si no logran ser equitativos”. Pero concede un ejemplo que reaviva la fantasía: sí, el harén se metió en su consultorio. “Una vez tuve que atender a un sexagenario que no daba abasto para satisfacer por igual, como le obliga la religión, a sus tres esposas. Quería saber cómo estar a la altura".

-¿Para las mujeres marroquíes, el sexo está asociado al placer?
La mujer aquí ha evolucionado y está cambiando. Hace veinte años no se atrevía a pedir placer por miedo a ser juzgada como "una chica fácil", “una prostituta ". Hoy en día, cada vez más mujeres exigen su derecho a la satisfacción sexual, al orgasmo, a un intercambio mutuo. La mujer marroquí se ha vuelto independiente económicamente, tiene éxito profesional y demanda igualdad en todo lo que atañe a la vida conyugal, incluido lo sexual.

-Y ante semejante planteo, ¿cómo reaccionan los hombres? ¿Consultan  cómo satisfacer a la mujer?
¡Sííí! Cada vez más los hombres toman conciencia de la importancia de una vida sexual satisfactoria para ambas partes. Hace una década se creía que un hombre viril era aquel que lograba una buena erección. Ahora se considera un verdadero hombre al que llega a satisfacer sexualmente a su mujer. Hay incluso esposos que dejan de lado las relaciones sexuales si la mujer no logra orgasmos. Se niegan a divertirse solos.

-¿Cómo se concilia el “deber conyugal” con el derecho de la mujer a decir no, hoy no tengo ganas?
Muchas mujeres se quejan de la alta frecuencia de relaciones sexuales y los maridos, del bajo deseo sexual de sus esposas. Esto deriva en frustración y peleas. Yo le explico al marido que para hacer que su mujer desee tener relaciones sexuales, éstas deben ser agradables y satisfactorias para ella, con gran placer y orgasmos. Para que la mujer no se niegue, hay que darle ganas: excitarla, expresarle amor, ternura y mucha sensualidad.

-Hablemos de sexo oral.
El sexo oral no está prohibido por el Islam, no es cierto que la religión lo considere una práctica sucia. Sí, en cambio, la educación y las creencias negativas en nuestra cultura instalan esa idea, entonces muchas parejas prefieren no hacerlo. Pero cada vez más están cambiando de parecer…

-¿Se habla del célebre “punto G”?
Sí. Hablo mucho de los orgasmos en las mujeres. La paciente consulta para aprender a experimentar el placer sexual. Es absolutamente necesario vivir la sexualidad a pleno, tener orgasmos vaginales y lograr una buena estimulación del punto G. Por supuesto, para esto, el hombre debe aprender a controlar su eyaculación. Yo tengo un proyecto para dar clases de educación sexual en las escuelas, pero…

-Pero tenés mucho trabajo pendiente…
Mi objetivo de hoy es la educación sexual de la pareja. Si los padres están satisfechos y felices en sus matrimonios y relaciones sexuales, podrán transmitir los mensajes adecuados. Mi segundo objetivo sería la educación sexual para niños y adolescentes. Porque si empezamos por este último, puede ser que los padres reaccionen mal o no entiendan o se nieguen. Por lo tanto, empiezo con los adultos.

-¿Es cierto que se usan los certificados de virginidad para acreditar la pureza de las recién casadas?
Todos los días recibo en mi consultorio de Casablanca jovencitas para completar un certificado de virginidad. Las dos razones principales son: o porque quieren casarse y sus esposos y sus familias lo solicitan, o porque han tenido un contacto sexual con su novio, tienen miedo de haber perdido su virginidad y vienen para tranquilizarse. Pero nunca una mujer me pidió un certificado falso de virginidad.

-En Marruecos la ley condena la homosexualidad. ¿Cómo hace para aplicar la teoría científica sin ir contra la ley?
En 12 años de práctica recibí apenas cuatro casos de homosexualidad, una mujer y tres hombres. Todos se sentían culpables e infelices porque estaban concientes de que la religión los condenaba, y venían a verme porque no querían sentir atracción hacia su mismo sexo. Todo el trabajo con ellos fue para que se sintieran mejor sobre sus opciones de vida, aceptar lo que son y para amar incondicionalmente.

Lejos de aquel magro debut de consultorios vacíos y rubores incandescentes, Amal tiene hoy una larga lista de pacientes en espera para atenderse con ella, y una apretada agenda mediática que incluye dos programas de radio, columnas especializadas en revistas y sitios web, un envío mensual para la televisión local y la presentación de su segundo libro: La pareja árabe del siglo XXI, manual de instrucciones.

Mientras tanto, de este lado del mundo, Alessandra Rampolla apunta los tips de la nueva tendencia “eco” en artículos sexuales: látigos elaborados con ruedas de bicicletas, vibradores hechos con material orgánico y esposas reciclables. No se pierdan su próximo programa.

Valeria Sampedro

martes, 6 de mayo de 2014

A regañadientes, Clarice Lispector

Lejos de cualquier estereotipo, minando cánones y al compás de la valiosa reedición de su obra (Corregidor), una aproximación diferente a la escritora que rechazó las vanguardias y contribuyó a la reivindicación feminista, sin abandonar el lápiz labial.     
Mientras la lucha por la igualdad de género siga siendo un ismo, habrá que buscar mujeres que rompan moldes. Una lástima que a esta altura, las heroínas tengan todavía esa misión. Ya va siendo hora de rematar el discurso de los hijos como lastre, la abnegación, el sacrificio y blá. Si es cierto que en este siglo nos toca ser mujeres orquesta, usemos la batuta para abollar la culpa y ahorrarnos posibles frustraciones.
Por eso Clarice Lispector. Aún sin querer ser ejemplo de nada, odiando los rótulos, y sosteniendo hasta el cansancio que con lo que hacía no buscaba cambiar el mundo “sino florecer”.
Todo lo que ella fue, lo era a la vez. Mezclado y superpuesto. Escritora. Ama de casa. Periodista. Madre. Esposa. Artista plástica. Abogada.
Sólo dos líneas de su biografía: nació en Ucrania en 1920, pero se crió en Recife y vivió casi toda su vida en Brasil. Fue concebida por una superstición y eso la marcó para siempre. "Mi madre ya estaba enferma, se creía que tener un hijo curaba a una mujer de su enfermedad. Entonces fui deliberadamente creada: con amor y esperanza. Sólo que no curé a mi madre. Y siento hasta el día de hoy esa carga de culpa. Me hicieron para una misión determinada, y fallé”.
Fue una niña pobre -pobre de casi no tener para comer-, alegre y fabuladora. A los siete empezó a escribir cuentos sin hadas, extraños cuentos inspirados en sentimientos en los que nunca Había una vez… Acostumbrada a la incomprensión y casi orgullosa de su singularidad decía que nunca había visto nada más solitario que tener una idea original y nueva. No hay apoyo de nadie y uno apenas cree en si mismo…”
Sin embargo, renegó del lugar de vanguardia que le asignó la crítica, fascinada de repente cuando se publicó su primera novela “Cerca del corazón salvaje” (1944), que pronto la convertiría en un fenómeno literario. "No entiendo de qué hablan, pero siento ese falso vanguardismo, lleno de modismos, frío, calculador, poco humano". Prefería mantenerse al margen de la discusión académica. A lo sumo, concebía su obra en términos de “arte”, “experimentación”, “autoconocimiento”.
Con esa mezcla de altivez e indiferencia, una jovencísima Clarice empezaba a cultivar el misterio. Mientras el movimiento feminista incendiaba repasadores, ella provocaba, jurando disfrutar de la vida doméstica. Y ahí estaba, en el living de su casa, con su máquina Olympia en la falda y Pedro y Paulo revoloteando alrededor. Se podía ejercer como madre full-time y al mismo tiempo escribir. Se podía vestir de gala para acompañar al marido diplomático, y escribir. O dedicar una tarde a exterminar las cucarachas de su cocina y luego escribir una receta de cómo matarlas bien muertas. Y también se podía mentir descaradamente la edad; porque sí, por pura coquetería: Eres moralmente tan anticuada que consideras la vanidad femenina una frivolidad..?”, interpelaba a sus lectoras.
Lo suyo no fue una pose. Clarice era todas y cada una de esas mujeres. Y fue también Tereza Quadros y Helen Palmer y la ghost writter de Ilka Soares, una actriz con ínfulas narrativas, en pleno auge de las revistas femeninas. Porque a pesar de esconderse detrás de los seudónimos, ahí estaba su letra. Eso era también lo que Clarice tenía para decir.

Y decía: “Una vez me ofrecieron hacer una crónica de comentarios sobre acontecimientos, sólo que esa crónica se haría para mujeres y dirigidas a ellas. La propuesta terminó en nada, felizmente. Digo felizmente porque sospecho que la columna iba a derivar hacia asuntos estrictamente femeninos… como si la mujer formara parte de una comunidad cerrada, aparte y, de cierto modo, segregada. Pero mi desconfianza venía de acordarme del día en que una joven vino a entrevistarme sobre literatura y, juro que no sé cómo, terminamos conversando sobre la mejor marca de delineador líquido para el maquillaje de los ojos. Y parece que la culpa fue mía. El maquillaje de los ojos también es importante, pero yo no pretendía invadir las secciones especializadas, por bueno que sea conversar sobre modas y sobre nuestra preciosa belleza fugaz”. 


Valeria Sampedro.